Las violencias contra las infancias: una  responsabilidad que no puede quedar en  el consultorio

Interés General13/10/2026 Lic. Andrea Godoy

Hablar de las violencias contra las infancias exige preguntarnos no solamente qué les 
sucede a quienes las padecen, sino también qué hacemos como sociedad frente a ese 
sufrimiento. 
Desde una perspectiva psicoanalítica, las violencias no pueden pensarse únicamente como 
acontecimientos que dejan síntomas. Es necesario considerar que ocurren en un tiempo de 
constitución psíquica, cuando el encuentro con los otros participa de la organización del 
psiquismo, de las posibilidades de simbolización y de la construcción de una relación 
consigo mismo y con el mundo. 
Silvia Bleichmar, en Psicoanálisis extramuros. Puesta a prueba frente a lo traumático 
(2010), propone una reflexión sobre las posibilidades y los límites de la intervención 
psicoanalítica frente a situaciones traumáticas que exceden el encuadre tradicional del 
consultorio. Su trabajo permite pensar que, ante determinadas experiencias de sufrimiento, 
no alcanza con esperar a que alguien consulte: es necesario construir dispositivos de 
intervención allí donde las condiciones sociales producen desamparo y vulneran las 
posibilidades de elaboración psíquica.  
Esta perspectiva resulta especialmente relevante cuando hablamos de niñas, niños y 
adolescentes. Las infancias dependen de las personas adultas y de las instituciones para 
satisfacer necesidades materiales, recibir cuidados y contar con condiciones que les 
permitan crecer. Cuando esa trama protectora falla, o cuando quienes deberían cuidar 
ejercen violencia, no estamos frente a un problema que pueda resolverse exclusivamente 
mediante recursos individuales. 
¿Qué efectos pueden producir las violencias en la constitución 
subjetiva? 
Las consecuencias no son uniformes ni inevitables. Cada sujeto tramita las experiencias 
desde sus condiciones singulares y en relación con los recursos de los que dispone. Sin 
embargo, las violencias pueden comprometer procesos fundamentales: 
● La confianza en los otros y en el mundo: cuando el cuidado se mezcla con el 
miedo, puede resultar difícil construir relaciones en las que la cercanía no implique 
amenaza. 
● La posibilidad de simbolizar y elaborar lo vivido: las experiencias que desbordan 
los recursos psíquicos disponibles pueden persistir como angustia, manifestaciones 
corporales, inhibiciones, pesadillas o conductas que expresan un sufrimiento que 
todavía no encuentra palabras. 
● La construcción de una imagen de sí: la humillación, el sometimiento y la 
descalificación pueden favorecer sentimientos de vergüenza, culpa e insuficiencia, 
incluso cuando la responsabilidad por la violencia corresponde enteramente a quien 
la ejerce. 
● La apropiación de la palabra y del propio deseo: el silenciamiento, la intimidación 
y la imposición pueden obstaculizar la posibilidad de reconocer necesidades, 
expresar desacuerdo, poner límites y pedir ayuda. 
● El juego, la curiosidad y el aprendizaje: cuando gran parte de los recursos 
psíquicos se destinan a afrontar el miedo o anticipar situaciones amenazantes, 
pueden verse comprometidas la atención, la exploración y la disponibilidad para 
aprender. 
● La construcción de vínculos futuros: las experiencias de violencia pueden incidir 
en las maneras de confiar, tramitar los conflictos y reconocer los límites propios y 
ajenos. Esto no significa que exista un destino predeterminado ni que quienes 
padecieron violencia estén condenados a repetirla. 
● La relación con el propio cuerpo y la intimidad: especialmente en las situaciones 
de violencia sexual, pueden producirse efectos sobre la imagen corporal, la 
sexualidad y la posibilidad de reconocer el propio consentimiento. Es necesario 
escuchar estas experiencias sin imponer sentidos ni anticipar consecuencias. 
A la luz de los aportes de Susana Toporosi, resulta fundamental considerar que, ante 
situaciones de abuso sexual, las manifestaciones infantiles no siempre se presentan como 
un relato organizado de lo sucedido. El abordaje clínico requiere una escucha cuidadosa, 
que no fuerce la palabra ni responsabilice al niño por aquello que ha padecido. 
No patologizar el sufrimiento ni adaptar a las infancias a la violencia 
Una perspectiva que articule el psicoanálisis con la dimensión social del padecimiento 
obliga a revisar nuestras propias intervenciones. 
¿Qué hacemos cuando una niña se vuelve retraída, cuando un niño responde con 
agresividad, cuando aparecen dificultades escolares o cuando el cuerpo expresa aquello 
que no puede decirse? 
Podemos limitarnos a describir una conducta, buscar un diagnóstico o intentar que esa 
infancia se adapte a las exigencias del entorno. Pero también podemos preguntarnos por 
las condiciones en las que ese sufrimiento se produce, por las relaciones de poder que lo 
sostienen y por la posibilidad de que una manifestación aparentemente individual esté 
expresando algo de la trama vincular, familiar, institucional o social. 
Esto no significa atribuir automáticamente las dificultades infantiles a una situación de 
violencia. Significa evitar que la mirada clínica se cierre sobre el individuo y pierda de vista 
sus condiciones de existencia. 
En este punto, la perspectiva de Eva Giberti permite insistir en que las violencias contra las 
infancias no pueden quedar reducidas a conflictos privados. Es necesario reconocer las 
relaciones de poder, las desigualdades y las responsabilidades adultas e institucionales que 
intervienen en su producción y en las posibilidades de detenerlas. 
¿Qué significa intervenir desde una perspectiva *extramuros? 
Implica reconocer que la práctica profesional no puede desentenderse de las condiciones 
materiales y sociales en las que se produce el sufrimiento. 
Si una niña o un niño está expuesto a una situación de violencia, la escucha clínica puede 
ser necesaria, pero no siempre es suficiente. Es preciso articular con las instituciones 
responsables de su protección, garantizar condiciones de seguridad y construir respuestas 
que no dejen a la infancia sola frente a aquello que la excede. 
También supone revisar las condiciones de acceso a la atención. ¿Qué sucede cuando las 
familias no pueden pagar un tratamiento? ¿Qué posibilidades existen cuando los servicios 
de protección están desbordados, cuando las instituciones no articulan entre sí o cuando las 
intervenciones se interrumpen por falta de recursos? 
No alcanza con reconocer la importancia de la salud mental si no se garantizan las 
condiciones para ejercer el derecho a recibir atención. Tampoco alcanza con solicitar que 
las infancias hablen si, una vez que lo hacen, no encuentran personas e instituciones 
dispuestas a escuchar, proteger e intervenir. 
El psicoanálisis extramuros invita, precisamente, a poner a prueba nuestras herramientas 
frente a situaciones que no se resuelven dentro de los límites habituales de la práctica. No 
implica abandonar la especificidad clínica, sino reconocer que la responsabilidad profesional 
puede exigir intervenciones que excedan el espacio individual.  
Intervenir es también asumir una responsabilidad colectiva 
Las marcas de la violencia pueden ser profundas, pero no constituyen un destino 
irreversible. Las posibilidades de elaboración, la presencia de vínculos protectores, la 
restitución de derechos y el acceso a intervenciones oportunas pueden modificar los efectos 
de lo vivido y abrir otras posibilidades para la construcción subjetiva. 
Por eso, atender las violencias contra las infancias no es solamente prevenir futuras 
patologías. Es defender el derecho de cada niña, niño y adolescente a crecer en 
condiciones que no comprometan su integridad, su autonomía y su posibilidad de construir 
una vida propia. 
No podemos exigirles a las infancias que elaboren individualmente aquello que las 
personas adultas, las instituciones y la sociedad no hemos logrado detener. 
Si el sufrimiento se produce en una trama de relaciones y condiciones sociales, su abordaje 
también requiere respuestas que involucren a esa trama. La escucha debe acompañarse de 
protección; la detección, de intervención; el reconocimiento del daño, de medidas concretas 
para interrumpirlo. 
El desafío es no quedar capturados en la contemplación del sufrimiento ni en la impotencia 
frente a su magnitud. Se trata de construir respuestas capaces de alojar la singularidad de 
cada historia y, al mismo tiempo, transformar las condiciones que hacen posible la violencia. 
Porque cuidar las infancias no es solamente una tarea clínica, familiar o institucional: 
es una responsabilidad ética y colectiva. Y porque una sociedad también se define 
por aquello que hace frente al sufrimiento de quienes dependen de ella para crecer. 
Lic. Andrea Godoy 
MP 55250 
Bibliografía de referencia 
● Bleichmar, S. (2010). Psicoanálisis extramuros. Puesta a prueba frente a lo traumático. Entreideas. Ficha y 
contenidos del libro. 
● Giberti, E. Los malos tratos y las violencias contra niñas y niños. Texto de referencia. 
● Toporosi, S. (2018). En carne viva. Abuso sexual infantojuvenil. Topía.

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