Dando vueltas

Hoy x Hoy 02 de diciembre de 2020

Cuando el “problemático y febril” Siglo XX estaba agonizando, en Paris, el diario Le Monde auspició una consulta popular: «¿Quels livres sont restés dans votre mémoire?» (¿Qué libros se han quedado en su memoria?). Diecisiete mil franceses contestaron y el resultado no sorprendió. 

Entre tantos escritores celebres de Francia, no extrañó que Albert Camus encabezara la lista por “El Extranjero”, al que siguieron Marcel Proust, el Austrohúngaro  Kafka y en cuarto lugar Antoine de Sain-Exupery por “El Principito”.

Aunque ahora circulan innumerables ediciones, algunas de muy bajo nivel, muchos leímos  y conservamos la de Emece, con los dibujos originales y las tapas duras. 

En su largo peregrinar por  diversos planetas, El Principito se encontró una vez con un Rey, quien impartía órdenes y pretendía respeto. “El rey exigía esencialmente que su autoridad fuera respetada. Y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero, como era muy bueno, daba órdenes razonables. Si ordeno, decía corrientemente, si ordeno a un general que  se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía….Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer. La autoridad reposa, en primer término, sobre la razón. Si ordenas a tu pueblo que vaya a arrojarse al mar, hará una revolución. Tengo derecho a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”.

Recuerdo  a este pasaje del célebre niño, cuando una vez me encomendaron comprar una calesita. El intendente de turno había asumido el compromiso de traer al pueblo una, porque no la había y entonces impartió la orden sin derecho a exigir.

En lo personal, era un desafío, pero como no existen las “calesiterías” ¿por dónde comenzar la búsqueda?  Recorrí innumerables  plazas de Buenos Aires y a mi pregunta seguía la misma respuesta. No hay una fábrica, todas son “artesanales, hasta que alguien me dio otra respuesta: “En un pueblito  del partido de Juarez, Barker, hay una en venta”.

Grande fue mi sorpresa, cuando el vendedor tenía familiares directos, una hermana, viviendo en General La Madrid y su esposa era nativa de aquí. Entonces todo se hizo más fácil, con don José Ullman fuimos a verla y mi acompañante avaló la compra. Roberto Ohaco fue a desarmarla, la trajo y la armó en el terreno del Banco Nación, en la esquina de la plaza. Fue el mismo, quien luego la trasladó al terreno que hoy ocupa, aunque no estaba en el mismo lugar.

Ahí me di cuenta que gobernar es, fundamentalmente, plantearse desafíos  y ver que aunque parezca una utopía, los imposibles también se pueden concretar.  El Intendente se comprometió a traer una calesita y ahí estaba. Los “intermedios” son las pequeñas batallas con las que se ganan las guerras. 

Debe ser esa enseñanza que me dejó la “orden” de conseguir una calesita, que recuerdo con particular afecto, a quien mando a buscarla. Y consecuentemente, es diametralmente opuesta la sensación que me produce verla en el estado de abandono en que se encuentra. 

La pandemia hizo que la Placita de Las Américas estuviera cerrada, pero ya hace algunas semanas que los chicos han vuelto a disfrutarla, no disponer su arreglo es asumir desinterés por algo tan simple pero tan necesario. 

Entre los deberes del funcionario público está velar por el patrimonio del municipio  y más cuando se trata de un juego emblemático para todos los chicos del pueblo.  Ver el estado de abandono y el tiempo que lleva, califican de ineficiente al funcionario responsable de cuidarla. 

Parecerá poco, pero creo que es mucho.

Hasta mañana.