Malas noticias

Hoy x Hoy 12 de diciembre de 2020 Por Pedro Guillardoy

Ayer era un día en el que yo hubiera deseado que nadie me despertara y seguir de largo hasta la otra mañana, porque desde el arranque todo venía de mal en peor. Pero, como lo ideal no existe, fui recibiendo una tras otra las “malas nuevas”, asumí que debía aceptar lo que sucedía y empecé a buscar ese algo que me ayudara a seguir.

Se habían ido dos vidas.  Gente de esa que hace falta y sin embargo nos abandonan y nos hacen ver, que de a poquito, van quedando menos en una larga fila, que hasta hace pocos años, estaban  muchos y marchaban a nuestro lado.

Por un lado una profesional conocida y querida por quienes coincidían en horarios y desvelos en un trabajo que consiste, “nada más”, que en buscar alivio a quien padece una enfermedad.

El otro. Alguien con quien pudimos  compartir  largas horas en el taller o en algún circuito del sudeste bonaerense.

“Pototo” era uno más en una familia centenaria de mecánicos, que subsanaban un desperfecto con el repuesto indicado o improvisaban para no dejarte a pie.

Una vez, revolviendo unos papeles de 1921, encontré que la compra de un automóvil Ford tenía la garantía de los fabricantes, del agenciero  y la atención mecánica de talleres contratados por “la marca”. En La Colina Bautista Salvi, en San Jorge Bolognani Hermanos y en General La Madrid, el taller de los Gavio.

Mucho más acá en el tiempo, comenzando la década del ’70, cuando el automovilismo zonal  convocaba multitudes, en torno a los circuitos de tierra, como no podíamos permanecer ajenos  al ruido de los motores, llegó la etapa del “nuevo” Ñandú. Fueron largas jornadas de trabajo hasta tener un auto que empezó de la nada. El “Gallego” San Martin en el chaperío. Héctor Gavio, el Vasco Barrutia y el mismo Pototo en el motor y todos los  trasnochados “curiosos” que solo aportaban un poco de entusiasmo para que la empresa arribara a buen puerto.

Las grandes ideas requieren para que se concreten cierto capital y cuando económicamente la cosa no es posible, solo la puede salvar el ingenio. Bueno eso fue lo que sobraba  y entonces, un día, el “Ñandú” estuvo en línea de largada.  Fueron varios años de participación, y el reconocimiento en toda la zona fue creciendo.

Del taller de la Mitre pasaron al de la calle San Martín, que justamente en estos días está cambiando su aspecto exterior. Vino otro chasis y otro motor, Hasta que un día llegó el “relevo” por otro talentoso y múltiple campeón y el cambio de piloto a preparador.

Desde lo personal, el vínculo se extendió y hasta hubo algún accidentado viaje, una parada en Ezeiza, el encuentro con Marcelo y un choque evitable.

El paso del tiempo y los encuentros se fueron haciendo menos frecuentes pero la relación y el afecto mutuo siguieron, hasta hoy y la peor noticia.

El dolor que produce la perdida de una persona a la que uno aprecia, me dijeron que es directamente proporcional a los buenos momentos compartidos. Si esto es así, me queda lo mejor del tiempo que pasamos juntos con amigos comunes y solo resta el fraternal saludo a sus familiares y el deseo de una difícil resignación.

Hasta mañana.